En algún momento propuse a El Semanario Cultural, añorado espacio del hoy extinto periódico Novedades, una columna que sirviera como una suerte de diario. El nombre propuesto era Dietario, en homenaje a Pere Gimferrer, quien ensayó una columna semejante, que reunió después en libro. En cierta forma los blogs comparten esa idea: presentarse como diarios íntimos sin serlo. Yo asumo esta escritura, la de este blog con entradas dispersas, como una muestra de una escritura en primera persona pero cuya confesión está tamizada por el respeto a los otros. Interrogado sobre la naturaleza íntima de sus diarios, respondió Gmferrer: "No, mi dietario no es un verdadero diario íntimo, sino una sucesión de ensayos breves." Ofrezco una entrada de este dietario fantasmagórico.
Esta tarde de noviembre velada por un viento ligeramente borrascoso me encuentro con una chica que acostumbra inquirime sobre la escritura o la literatura. Otra vez me dice que quisiera escribir, que deberían ofrecerse talleres para aprender a escribir; “en la editorial son egoístas”, agrega. Aclaro que el único objetivo de la editorial es preparar libros para su edición y que ya es suficiente que se realice una feria del libro, actividad tan ajena a la labor editorial como un congreso gastronómico a la de un restorán y en seguida le pregunto, para no parecer demasiado grosero, si no lleva cursos de redacción —estudia periodismo; eso creo—, aun cuando secretamente sé que nada más ajeno a un escritor que un periodista. Responde que sí, pero que desearía aprender otras cosas. Le recomiendo leer. Me confiesa que se aburre y en seguida se duerme.
La administradora del departamento en que trabajo el otro día me pidió consejos para pensar más lógicamente y acaso también redactar mejor un oficio, una carta. Le sugerí leer. Confesó que carecía del hábito; de niña no se acostumbró a la lectura. Su rostro agostado se sonrojó ligeramente y me dijo que se dormía cuando comenzaba a leer.
¿Por qué se asocia la lectura con la somnolencia cuando no francamente con el aburrimiento? En ocasión de una demanda interpuesta por mi casateniente por no pagar a tiempo, esperaba la resolución repatingado en una incómoda silla de plástico naranja. Mi abogado, harto de trajinar por el reducido espacio de la oficina del Ministerio Público, finalmente me preguntó cómo era posible que pudiera leer, que él se aburría cuando leía. A veces, cuando viajo en taxi y voy leyendo, el conductor se afana en conversar conmigo. Debe pensar que estoy muy aburrido leyendo. No sé nunca cómo decirle que no me interesan sus comentarios sobre el clima ni sobre el mundo.
Leer y estudiar son oficios ajenos, que suelen confundirse. En tanto el vulgo ignora que la lectura es una fuente de placer, la imagen de un muchacho, un hombre o un anciano ensimismado en la lectura, invoca una autoridad de sapiencia o de labor continua. Como la concentración en la pantalla del computador. En mi oficina me dedico a extrañas labores: redactar cartas en nombre del rector cuya redacción terminará embrollando su escribano personal, fichas catalográficas o búsqueda de información por internet. Podría ser un estupendo trabajo, pero la cháchara de mis compañeros de trabajo me repugna. Siendo hijo único, un joven solitario y durante muchos años un trabajador independiente, no estoy acostumbrado al embrutecimiento del trabajo en oficina. Me molestan las peticiones para convivios; pretextos para engullir más grasa, más harina, más azucar, como si fuera necesario convertirse en seres más feos de lo que ya somos; detesto los acordes ramplones de las canciones populares; las honrosas pruebas de lerdez de ciertos compañeros que se ufanan en saber inglés o redacción y que sólo exhiben su insondable cretinez. Prefiero dedicarme a mi computadora. Mis compañeros piensan que trabajo. Antúnez me comentaba que cuando trabajaba en la Secretaría Técnica de Gobierno del Estado llegaba temprano para escribir sus cuentos y todos pensaban que era un trabajador ejemplar, aunque algo extraño porque no se prestaba a la conversación ni salía a desayunar tacos de canasta en la esquina de Leandro Valle —prefería comprar chiles rellenos y tlacoyos en Sebastián Camacho. Marco Tulio Aguilera ha escrito la mayor parte de su obra narrativa en horas de oficina y en recompensa le han premiado con un decanato como el empleado más productivo de la universidad.
La mentalidad burocrática no se interesa por la productividad auténtica sólo por su simulacro, de manera que uno puede estar seis horas en el trabajo aunque en realidad sólo dedique una —o ninguna— a las labores por las cuales deviene el salario. Gracias a la ignorancia uno puede aprovechar ese límite, ese excendente, que es leer, aislarse, pensar.
¿Qué se escabulle detrás de esas imágenes pradójicas de la lectura? Un hombre ensimismado en un libro es un sabio; un hombre escudado tras la pantalla de su ordenador, es un empleado ejemplar. ¿Por qué entonces los legos cuando toman un libro suelen dormirse? ¿por qué esa asociación entre lectura y cama? Quizá porque la incapacidad para vincular la escritura con los conceptos, la inhabilidad para el pensamiento abstracto, propicia marasmo en la conciencia. A mi hijo Ezra, a quien de niño le permití entregarse a los demonios de la televisión y los juegos de video, le he impuesto ahora una dieta de lectura. Me alarmó advertir que para una tarea relativa a la problemática de las drogas, era incapaz de leer los artículos de Savater al respecto o el reportaje de Guy Sorman en Esperando a los bárbaros. Los artículos no eran extensos, el prólogo no era complicado, ¿por qué entonces la renuencia? Con pasmo descubrí que Ezra no podía seguir un argumento, que estaba imposibilitado para el pensamiento abstracto.
Algo hay de cierto en que la lectura causa sueño, pero también hay un extraño vínculo entre lectura y cama. Grandes lectores surgieron de la convalescencia. Roland Barthes cuenta su descubrimiento de Michelet en la cama y Alberto Manguel asocia el comienzo de su vida de lector con los ataques de asma. Pero también es necesaria la división entre lecturas. Sostengo que la poesía, la filosofía y las novelas difíciles deben leerse sentado, de preferencia frente al ordenador, en mi caso. Eso me predispone a una mayor concentración. Siento que comprendo mejor y además puedo transcribir una cita si lo juzgo oportuno. Para la cama, para los días en que de mañana me siento demasiado cansado para emprender mis labores o para ejercitarme físicamente, me amodorro con una novela. También he descubierto que si quiero dormir temprano debo leer un poco en lugar de seguir algún programa o cinta por televisión. Las imágenes nos desvelan, las palabras nos arrullan. Acaso quienes leen y se duermen en realidad están recuperando la imagen primordial de la madre leyendo. Felices sueños.