
Uno visita los tables por hastío. En vano se dice que no se continuará asistiendo, una vez comprendida la inutilidad de esperar un trato amable, un atisbo de relación íntima con las bailarinas. Es posible hurgar con nuestros dedos las cavidades vaginales pero no esperar una palabra sincera de ellas. La sinceridad se dispensa conforme a tu capacidad de pagar copas y de pensar que esas copas son reales y no meramente agua coloreada. El devoto del table ha reducido a este espacio, frecuentemente minúsculo, reminiscente del cuadrilátero donde otros guerreros ofrendan su cuerpo a la sevicia del espectador, su teatro erótico. Con frecuencia los devotos de este rito íntimo y colectivo, ajeno y personal, son hombres mayores de treinta años; diríase que aquellos que han renunciado a encontrar en la cotidianidad la pasión y persiguen en el orbe cerrado de las esferas de espejos y las pistas con espejeado mármol un atisbo de emoción. Aquellos que antes solían asistir los viernes a un antro o una fiesta en espera de que la mujer de la luna apareciera y la noche concluyera en el delta del orgasmo, terminan a medianoche, ya en madrugada, oteando entre las sombras que la noche encarne en un cuerpo extraordinario, un asombro de cimas y hondonadas. Un devoto del table en el fondo es un perpetuo enamorado, alguien que dejó de creer en las mujeres como compañeras y las reduce a lo más elemental del imaginario: un cuerpo, una sonrisa. Y persigue en este coto de casa a la amante que no encuentra en otro sitio.
No sólo los antiguos buscadores de mujeres se encuentran en los tables. Los impacientes curan aquí su ansiedad, su neurótica compulsión de llenar el tiempo con hábitos y tareas. Uno no es capaz de asistir a la presentación de un libro ni a la lectura de un amigo pero sí es capaz de demorarse hasta las 4 de la madrugada esperando que aparezca la siguiente bailarina, alimentando la estéril ilusión de que ésta sí sea deslumbrante, bella, hermosa y que al pasar frente a nosotros nos sonría, nos rescate de la penumbra y convierta en sus prometidos. Y es éste esperanzado y anhelante, el mismo voyerista desencantado que comprende que esas miradas de deseo, que aparentemente las oficiantes nos dirigen, en el fondo van dirigidos a su reflejo, enamoradas de la superficie, que es el único espacio en que los deseos se entreveran. Circularidad perfecta: ellas se aman, nosotros las deseamos.
Arriesgarse a las consecuencias del escaso sueño no es el único inconveniente al que con gusto se entrega el visitante de los tables. También fuma aunque no fume en otros ámbitos, también bebe aunque la marca de cerveza sea aquella que él siempre ha denostado por su acritud. Y no teme envolverse en las fragancias dulzonas, levemente repulsivas de las bailarinas. Diríase que el table es un lenitivo y una terapia inusitada: vuelve pacientes a los ansiosos, dadivosos a los mezquinos, apasionados a los taciturnos, espléndidos a los avaros. Y sobre todo, crédulos a quienes bajo el inclemente sol desconfían de los guiños y sonrisas de las mujeres y toman con suspicacia cualquier asomo de coquetería.
Todo aquí está cambiado: desde las bebidas hasta los cuerpos moldeados por el bisturí. Quien ha citado a alguna bailarina fuera de su hábitat, quien la ha visto enfundada en un sencillo pantalón de mezclilla e intentado pudorosamente disimular en las plazas comerciales su pinta de puta, sabe que los tables son un espacio para la fe. Quien no cree no puede asistir. Antes de entrar es necesario abandonar toda lógica. Y como parte de esa lógica, hay que abandonar la idea de que aquí se satisfará el deseo.
Aquí no se satisfará el deseo. Ni siquiera puede decirse que se acreciente la lujuria. Los asistentes más longevos saben que comenzaron acudiendo para ver a una mujer desnuda, para sentir la cercanía de las pieles, el aroma de un cuerpo envuelto en sudor, perfume y las yemas de los dedos, los ojos dactilares de otros clientes, como un exótico tejido. Pero eso fue en un principio. El deseo no determina la asiduidad. De ser así uno iría muy pocas veces a un table, lugar donde nada se cumple, todo es espera, merodeo, circunloquio, frustración. Uno va para esperar, para perder el tiempo, para gastar su dinero, para desvelarse, sentir que se está vivo y también para comprender que el deseo se ha ido con la juventud. Sólo queda esta promesa de deseo. El table es la profecía del deseo, de un advenimiento que no tiene lugar. El templo de la metonimia.
Si los acólitos de la decencia comprendieran estas razones abrirían más tables. No es un espacio para el encuentro sino para la soledad. No es un sitio donde la infidelidad se cumpla sino el espacio donde el cuerpo se asfixia en el imaginario.
Un table es la horca de la imaginación. Los pocos aplausos que a veces resuenan celebran las defunciones.
Al Rac’O Way Beach